El Camino Primitivo: senderos de montaña, historia milenaria y la ruta que Alfonso II abrió para la eternidad
Existe un Camino anterior a todos los demás. Antes de que el Camino Francés se convirtiera en la autopista del peregrino moderno, antes de que el Portugués ganara adeptos entre quienes cruzan la frontera desde Lisboa o Oporto, hubo un monarca asturiano que, allá por el año 829, decidió recorrer a pie el trayecto desde su capital —Oviedo— hasta el sepulcro recién descubierto del apóstol Santiago. Ese rey era Alfonso II, y el sendero que inauguró se conoce hoy como el Camino Primitivo: la madre de todas las rutas jacobeas.
Con aproximadamente 320 kilómetros de recorrido y un desnivel acumulado que supera los 9.000 metros en su conjunto, el Primitivo no se ofrece al peregrino con facilidades. Se presenta tal como es: duro, hermoso y absolutamente honesto.
Oviedo, el kilómetro cero de la historia
El viaje comienza en la capital asturiana, ciudad que los peregrinos medievales denominaban la ciudad de los caminos por ser punto de confluencia de distintas rutas jacobeas. La Catedral de San Salvador, con su Cámara Santa declarada Patrimonio de la Humanidad, es el punto de partida oficial. No es casual: los peregrinos de la Edad Media que llegaban desde el norte de Europa visitaban primero las reliquias de Oviedo antes de continuar hacia Santiago, siguiendo el dicho popular «Quien va a Santiago y no va al Salvador, visita al criado y olvida al Señor».
Recoger la credencial del peregrino en la catedral o en alguno de los puntos habilitados en la ciudad es el primer gesto ritual de una travesía que, a partir de ese momento, se mide en sellos, kilómetros y esfuerzo acumulado.
Las etapas más exigentes: cuando las piernas piden explicaciones
El Camino Primitivo no tiene una etapa fácil, pero hay tres tramos que concentran la mayor dureza física y que todo peregrino debe conocer antes de calzarse las botas.
Grado – Pola de Allande (etapa 3, aproximadamente 30 km)
Esta jornada introduce al peregrino en la esencia montañosa del recorrido. El ascenso al puerto de La Espina y el posterior descenso hacia el valle del Narcea exigen piernas preparadas y calzado de montaña con buen agarre. El paisaje, sin embargo, compensa con creces: praderas de un verde imposible, hórreos de madera que parecen flotar sobre el tiempo y una quietud que en el Camino Francés resulta difícil de encontrar.
Pola de Allande – A Mesa (etapa 4)
Considerada por muchos peregrinos como la etapa más exigente de todo el recorrido, esta jornada culmina en el puerto de A Mesa, a más de 1.200 metros de altitud. La niebla es compañera habitual, el viento puede ser implacable en primavera y otoño, y los servicios escasean. Quien alcanza la cima y contempla el panorama de montaña que se abre ante sus ojos comprende, sin necesidad de palabras, por qué este camino genera una fidelidad tan profunda entre sus peregrinos.
Grandas de Salime – A Fonsagrada (etapa 5)
La entrada en Galicia no llega de forma suave. Esta etapa, que cruza la frontera entre Asturias y la provincia de Lugo, acumula desniveles considerables y transcurre por paisajes de alta montaña donde la señalización, aunque presente, exige atención constante. A Fonsagrada, el primer municipio gallego de importancia en el Primitivo, recibe al peregrino con la hospitalidad que caracteriza a esta tierra.
Los paisajes: Asturias sin filtros
Una de las razones por las que el Camino Primitivo despierta una lealtad casi fanática entre sus peregrinos es la calidad paisajística de su recorrido. No hay aquí las extensas mesetas castellanas del Camino Francés ni las suaves colinas del Portugués. El Primitivo avanza por una Asturias que no aparece en los folletos turísticos: aldeas con menos de veinte habitantes, bosques de roble y castaño que filtran la luz de la mañana, ríos de montaña con el agua tan fría que duelen los pies al cruzarlos.
Entre Tineo y Pola de Allande, el peregrino atraviesa el corazón del Parque Natural de las Fuentes del Narcea, una reserva donde el lobo ibérico aún campea con relativa libertad. Los rastros de fauna salvaje —huellas, sonidos nocturnos, la silueta de un corzo al amanecer— forman parte del paisaje tanto como los cruceiros de piedra o las iglesias románicas que jalonan el camino.
Cuándo peregrinar: la ventana de tiempo ideal
El Camino Primitivo es sensible a las condiciones meteorológicas de forma mucho más pronunciada que otras rutas. Los meses de junio, julio y agosto ofrecen el clima más estable y los días más largos, lo que resulta ventajoso dadas las exigencias del terreno. Sin embargo, julio y agosto traen también el mayor volumen de peregrinos, lo que en el Primitivo significa pasar de la soledad absoluta a encontrar quizás diez o quince personas en el mismo albergue.
Mayo y septiembre representan la opción preferida de los peregrinos experimentados: temperaturas moderadas, paisajes en pleno esplendor y una densidad de caminantes que permite mantener ese silencio tan característico del Primitivo. El invierno, en cambio, debe reservarse únicamente para peregrinos con experiencia en alta montaña y equipamiento técnico adecuado.
Alojamiento: la red de albergues del Primitivo
La infraestructura de alojamiento del Camino Primitivo ha mejorado notablemente en los últimos años, aunque sigue siendo incomparablemente más austera que la del Camino Francés. Los albergues municipales de localidades como Tineo, Pola de Allande, Grandas de Salime o A Fonsagrada ofrecen lo esencial: camas, duchas y un espacio donde compartir la jornada con los pocos peregrinos que coinciden en el camino.
Es fundamental reservar con antelación en temporada alta, especialmente en las etapas más largas donde las alternativas de alojamiento se reducen. Algunos albergues de gestión privada han incorporado servicios adicionales —cocina equipada, servicio de lavandería— que se agradecen enormemente tras las jornadas más exigentes.
La confluencia con el Camino Francés: Melide
En Melide, a unos 54 kilómetros de Santiago, el Camino Primitivo se funde con el Camino Francés. Este encuentro genera en muchos peregrinos del Primitivo una sensación ambivalente: la alegría de acercarse a la meta se mezcla con cierta nostalgia por la soledad que se deja atrás. De repente, el camino se llena de peregrinos, los albergues se multiplican y el ritmo se acelera.
Pero quienes llegan a Melide desde Oviedo lo hacen con una certeza que pocos pueden arrebatarles: han recorrido el Camino más antiguo, el que abrió un rey, el que el tiempo no ha conseguido domesticar del todo.
Por qué el Primitivo genera peregrinos para siempre
Preguntar a alguien que ha completado el Camino Primitivo si volvería es casi una pregunta retórica. La respuesta habitual no es un simple sí, sino un relato: el día que la niebla cubrió el puerto de A Mesa, la tarde en que una aldeana les ofreció sidra sin pedir nada a cambio, el amanecer sobre los valles asturianos que ninguna fotografía ha sabido capturar del todo.
El Primitivo no promete comodidad. Promete algo más escaso: una experiencia de peregrinación que conecta directamente con el origen de todo, con ese rey que caminó hace doce siglos por los mismos montes y que, sin saberlo, puso los cimientos de uno de los fenómenos espirituales y culturales más extraordinarios de la historia de Europa.