Cómo preparar la mochila del Camino de Santiago sin que te pese el arrepentimiento antes de llegar a Pamplona
Hay una escena que se repite cada temporada en los primeros albergues del Camino Francés, generalmente en Saint-Jean-Pied-de-Port o en Roncesvalles: el peregrino recién llegado abre su mochila, extrae capa por capa todo lo que empaquetó con tanto esmero en casa y comienza a enviar paquetes de vuelta a su domicilio. Libros de bolsillo, toallas de algodón, seis camisetas de recambio, un neceser digno de un hotel de cinco estrellas. Todo aquello que parecía imprescindible la noche antes de partir resulta ser, a los veinte kilómetros, una carga innecesaria que ha dejado su huella en los hombros y en las rodillas.
Preparar la mochila para el Camino de Santiago es, en sí mismo, un ejercicio espiritual. Obliga a preguntarse qué es realmente necesario y qué es simplemente comodidad disfrazada de necesidad. Esta guía está pensada para que tomes esas decisiones antes de ponerte las botas, no durante el camino.
El peso: la regla del diez por ciento que no debes ignorar
Los peregrinos veteranos y los médicos deportivos coinciden en un principio fundamental: la mochila no debe superar el diez por ciento del peso corporal. Una persona de setenta kilos debería cargar como máximo siete kilos. Algunos expertos elevan ese límite hasta el doce por ciento, pero conviene ser conservador, especialmente si es la primera vez que se afronta una ruta de varios días.
Antes de salir de casa, pesa la mochila vacía. La mayoría de las mochilas de senderismo de calidad oscilan entre 1,2 y 1,8 kilos. Eso ya representa una parte significativa de tu cuota de peso. Elige un modelo específicamente diseñado para el Camino o el trekking de larga distancia, con cinturón lumbar regulable y sistema de ventilación dorsal. Una inversión de entre 80 y 150 euros en una buena mochila se amortiza en salud y kilómetros.
Ropa técnica: menos prendas, más versatilidad
El error más habitual entre los peregrinos primerizos es llevar demasiada ropa. La clave no está en la cantidad, sino en la capacidad de cada prenda para adaptarse a distintas condiciones. El algodón, por cómodo que resulte en el día a día, es un enemigo en el Camino: absorbe la humedad y tarda horas en secarse, lo que puede provocar rozaduras e hipotermia en días de lluvia.
La lista de ropa recomendada para una ruta de entre veinte y treinta días es más corta de lo que imaginas:
- Dos camisetas técnicas de secado rápido: una para caminar, otra para el albergue.
- Un forro polar ligero o chaqueta softshell: imprescindible en los puertos de montaña y en las madrugadas del Camino.
- Un chubasquero o poncho impermeable: el tiempo en el norte de España y en los Pirineos es imprevisible. No lo dejes en casa.
- Dos mudas de ropa interior técnica: los calzoncillos y sujetadores de merino o poliéster son una revelación para los peregrinos que los descubren.
- Un pantalón de trekking convertible en bermuda: resuelve dos situaciones con una sola prenda.
- Dos pares de calcetines específicos para senderismo: la marca Darn Tough o los calcetines de lana merina son especialmente valorados entre los peregrinos habituales.
- Ropa cómoda para el albergue: una camiseta ligera y unos pantalones cortos o mallas para descansar por la tarde.
El calzado: donde más se juega el peregrino
Ninguna decisión influirá más en tu experiencia que la elección del calzado. Y ningún error será más difícil de corregir una vez en el Camino. Las botas de montaña clásicas, altas y rígidas, han perdido terreno frente a las zapatillas de trail running, que ofrecen mayor ligereza y transpirabilidad. Sin embargo, si el recorrido incluye etapas con barro o terreno irregular, una bota de media caña con membrana Gore-Tex puede resultar más segura.
Lo fundamental es que el calzado elegido esté perfectamente amoldado al pie antes de comenzar el Camino. Estrenar botas en Saint-Jean es una garantía de ampollas. Úsalas durante al menos cuatro o cinco salidas de dos horas antes de la gran partida.
Lleva también unas sandalias de descanso para los albergues. Los pies agradecen respirar después de una jornada larga, y la higiene de los espacios comunes lo aconseja.
Lo que muchos olvidan y luego echan de menos
Más allá de la ropa y el calzado, existe una serie de objetos pequeños que marcan una diferencia notable en el día a día del peregrino:
- Bastones de trekking plegables: reducen el impacto sobre rodillas y tobillos hasta en un treinta por ciento. Son especialmente útiles en los descensos.
- Saco de dormir ultraligero: los albergues del Camino suelen proporcionar mantas, pero un saco de seda o de fibra sintética fina ocupa poco espacio y ofrece una capa extra de higiene y confort.
- Botiquín básico: aguja e hilo para ampollas, tiritas, vaselina, antiinflamatorio, protector solar y un antifúngico. El farmacéutico de cualquier pueblo del Camino puede orientarte, pero es preferible no depender de ello.
- Linterna frontal: los peregrinos madrugadores salen antes del amanecer. Una frontal ligera con batería recargable por USB es imprescindible.
- Filtro solar de alta protección: el sol en las mesetas castellanas o en los tramos abiertos de Galicia puede ser traicionero incluso en primavera.
- Documentación esencial en funda impermeable: DNI, tarjeta sanitaria, credencial del peregrino y una copia de los datos de contacto de emergencia.
Lo que debes dejar en casa sin dudar
Tan importante como saber qué llevar es tener claro qué no debe entrar en la mochila. La lista de objetos prescindibles incluye, entre otros: el libro de más de doscientas páginas, el secador de pelo, el neceser con seis productos distintos, la tablet, el cable de carga para cada dispositivo por separado (opta por un cargador múltiple USB) y cualquier prenda que no sea de tejido técnico.
Una regla práctica: si dudas si llevar algo, no lo lleves. El Camino tiene tiendas, farmacias, supermercados y todo lo necesario para reponerse de un olvido menor.
El empaquetado: el orden también importa
Una vez decidido el contenido, la distribución del peso dentro de la mochila influye directamente en la comodidad al caminar. Los objetos más pesados deben ir pegados a la espalda y en la parte central de la mochila. Los más ligeros y de uso frecuente, en los bolsillos exteriores. El chubasquero, siempre accesible.
Prepara la mochila unos días antes de la salida, pésala, camina con ella durante una hora y ajusta lo que sea necesario. Ese ensayo puede ahorrarte semanas de molestias.
El Camino de Santiago es, entre muchas otras cosas, una lección de renuncia. Aprender a cargar solo con lo esencial es, quizás, el primer paso de la peregrinación, mucho antes de cruzar la primera puerta.