El Camino Aragonés: historia, arte románico y la soledad de los Pirineos en una ruta que el peregrino moderno todavía no ha descubierto
Hay rutas que el tiempo ha tratado con una generosidad extraña. El Camino Aragonés es una de ellas. Mientras el Camino Francés se convirtió, con razón, en la columna vertebral del peregrinaje jacobeo contemporáneo, esta vía más antigua, más austera y en muchos tramos más exigente, fue quedándose al margen del gran flujo de peregrinos. El resultado es paradójico y, para quien la descubre, casi un privilegio: una ruta jacobea con siglos de historia, joyas arquitectónicas del románico aragonés y paisajes que van desde la alta montaña hasta las llanuras prepirenaicas, recorrida cada año por apenas unos pocos miles de peregrinos.
Esta guía está pensada para quien se plantea seriamente el Camino Aragonés: qué encontrará, cómo prepararse y por qué esta ruta merece un lugar propio en el mapa del peregrinaje a Santiago de Compostela.
El origen: cuando Europa miraba hacia Aragón
Antes de que la ruta francesa consolidara su hegemonía, el paso de Somport era una de las entradas más transitadas de la Península Ibérica para los peregrinos procedentes del norte de Italia, el sur de Francia y los territorios del Sacro Imperio Romano Germánico. Durante los siglos XI, XII y XIII, el Camino Aragonés fue una arteria viva del peregrinaje medieval, con hospitales, iglesias y monasterios construidos expresamente para atender a quienes cruzaban los Pirineos con destino a la tumba del Apóstol.
El hospital de Santa Cristina de Somport, hoy desaparecido pero documentado en múltiples fuentes medievales, fue en su momento uno de los tres grandes hospitales de peregrinos de toda Europa, junto al de Roncesvalles y el de Jerusalén. Este dato, que suele sorprender a quienes se acercan por primera vez a la historia de la ruta, ilustra la importancia que tuvo este paso antes de que el declive demográfico y las guerras lo fueran vaciando de tránsito.
Somport: el umbral del Camino
El Camino Aragonés comienza en el puerto de Somport, a 1.632 metros de altitud, en la frontera entre España y Francia. A diferencia de Saint-Jean-Pied-de-Port, punto de partida del Camino Francés, Somport no es un pueblo pintoresco lleno de peregrinos preparando sus mochilas: es un puerto de montaña con una estación de esquí, una carretera nacional y una pequeña capilla. La soledad empieza aquí, y no es una metáfora.
El primer tramo hasta Canfranc desciende por el valle del río Aragón con vistas a los picos pirenaicos y la singular estación internacional de Canfranc, ese edificio monumental y melancólico que los aragoneses llaman con orgullo «el Titanic de los Pirineos». Su fachada de más de 300 metros, hoy en proceso de rehabilitación, es uno de los primeros impactos visuales del Camino y un recordatorio de que Aragón tiene una historia propia que no siempre aparece en los grandes relatos.
Las etapas: de Somport a Puente la Reina
El recorrido oficial del Camino Aragonés cubre aproximadamente 165 kilómetros entre Somport y Puente la Reina, donde se une al Camino Francés. La ruta se divide habitualmente en seis o siete etapas, aunque el peregrino tiene cierta flexibilidad en función de su ritmo y condición física.
Etapa 1 – Somport a Jaca (30 km): El descenso desde el puerto hasta Jaca es largo pero gradual. Canfranc Estación y Villanúa son las paradas intermedias más destacadas. Jaca, capital histórica del primer reino de Aragón, merece una visita pausada: su catedral románica del siglo XI es uno de los monumentos más importantes del arte medieval hispánico y el punto donde el Camino empieza a mostrar su verdadero carácter artístico.
Etapa 2 – Jaca a Arrés (24 km): La ruta abandona la ciudad y se interna en un paisaje de campos y pequeñas aldeas casi deshabitadas. El monasterio de Santa Cruz de la Serós, con su iglesia románica perfectamente conservada, es una parada ineludible. Pocos kilómetros más adelante, San Juan de la Peña —accesible en una pequeña desviación— ofrece uno de los claustros románicos más fotografiados de España, incrustado literalmente bajo una roca.
Etapas 3 y 4 – Arrés a Ruesta y de Ruesta a Undués de Lerda: El Camino entra en la comarca de las Cinco Villas atravesando pueblos que en algunos casos no superan la decena de habitantes. Ruesta es uno de los ejemplos más llamativos: un pueblo abandonado en los años setenta por la construcción del embalse de Yesa, que hoy acoge un albergue gestionado por una organización juvenil. Caminar entre sus casas vacías tiene algo de reflexión involuntaria sobre el tiempo y la permanencia.
Etapas 5 y 6 – Undués de Lerda a Sangüesa y de Sangüesa a Puente la Reina: La entrada en Navarra marca un cambio de paisaje: el terreno se suaviza y los campos de cereal sustituyen a los barrancos aragoneses. Sangüesa merece una parada larga: su iglesia de Santa María la Real conserva una portada románica de una riqueza iconográfica difícilmente superable. Desde aquí, el camino avanza hacia Monreal y Tiebas antes de llegar a Puente la Reina, donde el peregrino aragonés se funde por fin con el torrente de caminantes del Camino Francés.
El románico aragonés: un museo al aire libre
Si hay un motivo que justifica por sí solo el Camino Aragonés, es su concentración de arte románico. En un recorrido de poco más de 160 kilómetros, el peregrino se encuentra con la catedral de Jaca, el monasterio de Santa Cruz de la Serós, San Juan de la Peña, la iglesia de Santiago de Agüero —visible desde la ruta en un desvío de pocos kilómetros— y la portada de Santa María la Real de Sangüesa. Cada uno de estos monumentos sería, en cualquier otro contexto europeo, destino de viaje por sí mismo. Aquí aparecen uno tras otro, casi sin previo aviso, en medio de un paisaje que los contiene con naturalidad.
El perfil del peregrino aragonés
Quien elige el Camino Aragonés suele hacerlo por razones concretas: busca silencio, quiere distancia del turismo masivo o tiene un interés particular en la historia medieval. No es una ruta para quien necesita la energía colectiva de los albergues llenos ni para quien busca la camaradería inmediata que el Camino Francés ofrece casi sin esfuerzo. Es una ruta para el peregrino que se siente cómodo con sus propios pensamientos y que entiende la soledad no como ausencia sino como presencia de otra cosa.
Esto no significa que la ruta sea inhóspita. Los albergues existentes —en Jaca, Arrés, Ruesta, Undués, Sangüesa y varios puntos intermedios— ofrecen la infraestructura necesaria, aunque es imprescindible planificar con más antelación que en otras rutas, especialmente fuera de la temporada alta.
Consideraciones prácticas antes de partir
El Camino Aragonés puede realizarse en cualquier época del año, aunque el verano en el Pirineo tiene sus particularidades. Las etapas iniciales, con mayor altitud, pueden presentar nieve hasta bien entrada la primavera y las tardes de julio y agosto acumulan tormentas con rapidez. El peregrino que parte en otoño encontrará colores extraordinarios en los valles pirenaicos pero deberá gestionar con cuidado los días de lluvia en tramos sin servicios.
La credencial del peregrino puede sellarse desde el primer albergue en Somport. Es recomendable llevar provisiones para las etapas que atraviesan zonas despobladas, donde los bares y tiendas pueden estar cerrados o directamente inexistentes.
Una ruta para quienes quieren llegar a Santiago de otra manera
El Camino Aragonés no compite con el Camino Francés. Son experiencias distintas, con ritmos distintos y recompensas distintas. Lo que esta ruta ofrece —la sensación de caminar por una vía milenaria sin la presión del tráfico humano, la intimidad con un patrimonio artístico extraordinario, la belleza dura y limpia del Pirineo aragonés— no tiene equivalente en ninguna otra ruta jacobea.
Para el peregrino que ya conoce el Camino y quiere redescubrirlo, o para quien emprende su primer peregrinaje buscando algo más parecido a lo que debió de ser el Camino en sus siglos de mayor esplendor, el Camino Aragonés es, sencillamente, una de las mejores elecciones que puede hacer.